Hace tres años, Ramón y Pilar se jubilaron y alquilaron un pequeño huerto en las afueras de Lleida. El ayuntamiento tiene unos huertos urbanos para vecinos y cuestan solo cien euros al año. Desde entonces, pasan allí casi todas las mañanas.
En invierno hay poco trabajo, pero en marzo empieza la temporada más importante. El primer fin de semana de primavera, Ramón y Pilar fueron al huerto con sus nietos, Marc y Júlia. Primero quitaron las malas hierbas y removieron la tierra con una azada. Después añadieron abono natural para que la tierra fuera más rica.
Luego llegó la parte más divertida: plantar. Los niños hicieron agujeros pequeños y pusieron semillas de judías y calabacines. Pilar plantó tomateras, pimientos y lechugas que había comprado en un vivero. Ramón puso unas cañas para que las tomateras pudieran crecer rectas.
Al final, regaron todo con una manguera. Marc mojó a su hermana «sin querer», y los dos acabaron empapados y riéndose.
Durante las semanas siguientes, los niños iban a ver el huerto cada sábado. En junio, comieron la primera ensalada con sus propias lechugas y tomates. «¡Sabe mucho mejor que la del supermercado!», dijo Júlia, muy orgullosa.