Amina es marroquí y llegó a Valencia en enero para trabajar como enfermera. En marzo, sus compañeros del hospital le hablaban todo el tiempo de las Fallas. «Ya verás», le decían. «Es una locura».
Durante varios meses, cada barrio de la ciudad construye una falla: una figura gigante de cartón y madera. Algunas miden más de veinte metros y representan escenas divertidas o críticas. A principios de marzo, las colocan en las calles y plazas.
Cada día, a las dos de la tarde, Amina oía la mascletà desde el hospital: una explosión de petardos tan fuerte que el suelo temblaba. Un día, una compañera la llevó a la plaza del Ayuntamiento para verla en directo. Había miles de personas. El ruido era increíble y Amina se tapó los oídos.
También vio la ofrenda de flores. Miles de falleros y falleras, con trajes tradicionales preciosos, llevaron ramos de claveles a una figura enorme de la Virgen.
La última noche, el diecinueve de marzo, fue la cremà: queman todas las fallas a la vez. Amina miraba las llamas y no entendía nada. «¿Trabajan un año entero y después lo queman todo?». Su compañera sonrió: «Sí. Y el año que viene, otra vez».