Gonzalo y Elsa, una pareja de Huesca, hicieron un viaje por Europa en tren el verano pasado. No querían ir en avión porque contamina mucho. Desde París, tomaron un tren nocturno hasta Viena. Para ellos era la primera vez.
El tren salía a las siete y media de la tarde. Habían reservado un compartimento con dos camas, un pequeño lavabo y una ventana grande. Era pequeño, pero muy limpio y cómodo. El revisor les dio una botella de agua, unas zapatillas y un menú para el desayuno.
Antes de dormir, fueron al vagón restaurante. Cenaron una sopa de verduras y un plato de pasta, y hablaron con una señora austriaca muy simpática que volvía a casa. Les recomendó varios cafés antiguos de Viena.
Después, volvieron al compartimento y miraron por la ventana. El paisaje de Francia y Alemania pasaba muy despacio, con pueblos iluminados y campos oscuros. Elsa se durmió enseguida con el movimiento del tren. Gonzalo tardó más: cada vez que el tren paraba en una estación, se despertaba.
A las nueve de la mañana, el revisor llamó a la puerta con el desayuno: café, zumo, pan y mermelada. Una hora después, llegaron a Viena. «Hemos dormido y viajado a la vez. ¡Es genial!», dijo Elsa.