Alicia tiene diecisiete años y quería ganar un poco de dinero para el verano. Sus vecinos, Sergio y Eva, tenían una cena de trabajo el viernes y le preguntaron si podía hacer de canguro y cuidar a sus hijos: Hugo, de seis años, y Carla, de tres. Le iban a pagar diez euros la hora.
Antes de salir, Eva le dio muchas instrucciones. La cena de los niños estaba en la nevera: solo tenía que calentarla. Carla tenía que estar en la cama a las ocho y Hugo, a las nueve. Le dejó su número de teléfono y el del pediatra, por si acaso.
Al principio todo fue bien. Cenaron, jugaron con unos bloques de construcción y vieron dibujos animados. Pero a las ocho, Carla no quería ir a la cama. Lloró, gritó y se escondió debajo del sofá. Alicia no sabía qué hacer. Entonces Hugo le dio una idea: «Mamá siempre le canta una canción». Alicia le cantó una nana y le leyó un cuento. En diez minutos, Carla estaba dormida.
Hugo se acostó a las nueve, pero pidió un vaso de agua tres veces.
A las once, Sergio y Eva volvieron. La casa estaba tranquila. Le pagaron cincuenta euros y le dijeron: «¿Puedes venir el próximo viernes?».