Vega tiene once años y juega de portera en el equipo de fútbol de su colegio, en Valencia. Ve todos los partidos de su equipo favorito en la tele, pero nunca había ido al estadio. Para su cumpleaños, su padre le regaló dos entradas. ¡Era el mejor regalo del mundo!
El día del partido, Vega se puso la camiseta del equipo y una bufanda. Fueron en metro y, cuando salieron a la calle, vieron a miles de aficionados con los mismos colores. Todos cantaban y estaban muy contentos.
Entraron en el estadio una hora antes. Vega no podía creerlo: era enorme, el césped era perfecto y había cincuenta mil personas. Sus asientos estaban detrás de la portería, así que podía ver muy bien a la portera... bueno, al portero.
El partido empezó mal. A los diez minutos, el otro equipo marcó un gol. Vega estaba muy triste. Pero en la segunda parte, su equipo marcó dos goles. Con el segundo gol, todo el estadio saltó y gritó. Vega abrazó a su padre y a un señor desconocido que estaba a su lado.
Al final, ganaron dos a uno. En el metro de vuelta, Vega solo hablaba de una cosa: «Papá, ¿cuándo volvemos?».