Para un trabajo del colegio, Iker tenía que entrevistar a una persona mayor de su familia. Eligió a su abuelo Julián, que tiene ochenta y dos años y vive en Vitoria. Un sábado por la tarde, Iker fue a su casa con una libreta y el móvil para grabar.
—Abuelo, ¿cómo era tu vida cuando tenías mi edad?
—Uf, muy diferente. Yo vivía en un pueblo pequeño, en una casa sin calefacción. En invierno hacía tanto frío que dormíamos con dos mantas y un gorro.
—¿Y tenías tele?
—¡Qué va! En el pueblo solo había una tele, en el bar. Los domingos íbamos todos a verla.
El abuelo le contó que iba al colegio andando, tres kilómetros cada día, con sus hermanos. Por las tardes ayudaba a su padre en el campo y cuidaba las ovejas. Jugaban en la calle con una pelota de trapo, porque no tenían dinero para juguetes.
A los dieciséis años se fue a trabajar a una fábrica de Vitoria. Allí conoció a la abuela, en un baile de las fiestas. «Bailaba fatal», dijo el abuelo riéndose, «pero era la chica más guapa de la fiesta».
Iker sacó un diez en el trabajo. Pero lo mejor fue pasar esa tarde con su abuelo.