Era un domingo de noviembre por la mañana en Pamplona. Raúl bajó a la calle a tirar la basura en pijama y zapatillas de casa. Iba a tardar solo dos minutos. Pero cuando volvió, la puerta del piso se había cerrado con el viento. Las llaves estaban dentro, en la mesa de la cocina. ¡Y también el móvil!
Raúl vive solo, así que nadie podía abrirle. Primero llamó a la puerta de su vecina, doña Concha. Ella le dejó su móvil. Raúl quería llamar a su hermana, que tenía una copia de las llaves, pero no recordaba su número. Todos los números estaban en su móvil.
Doña Concha le preparó un café y buscaron en internet un cerrajero de urgencia. Raúl llamó al primero. «Puedo ir en una hora», dijo el cerrajero, «pero un domingo cuesta ciento veinte euros». Raúl no tenía otra opción y aceptó.
Mientras esperaba, doña Concha le prestó una chaqueta de su marido, porque hacía frío. Le contó historias del barrio y le enseñó fotos de sus nietos.
El cerrajero llegó y abrió la puerta en cinco minutos. Esa misma tarde, Raúl hizo dos cosas: escribió los números importantes en un papel y le dejó una copia de sus llaves a doña Concha.