En mayo, Álvaro y su hermana Laura hicieron un viaje en bicicleta de tres días junto al río Duero. Salieron de Soria y querían llegar a Aranda de Duero, a unos ciento cuarenta kilómetros. Llevaban la ropa y la comida en unas alforjas.
El primer día fue fácil. El camino era llano y pasaba por pueblos pequeños con iglesias antiguas. Comieron en un merendero junto al río y por la tarde llegaron a un albergue en un pueblo. Habían hecho cincuenta kilómetros.
El segundo día fue el más duro. Hacía mucho viento y había varias cuestas. Además, a mediodía, Laura tuvo un pinchazo. Por suerte, Álvaro llevaba una cámara de repuesto y sabía cambiarla. Tardaron media hora, pero pudieron continuar. Esa noche durmieron en una casa rural y cenaron sopa castellana y cordero. Estaban tan cansados que se durmieron a las diez.
El tercer día hizo sol y el paisaje era precioso: campos verdes, viñedos y castillos. Por la tarde llegaron a Aranda, muy cansados pero felices. Para celebrarlo, visitaron una bodega subterránea y probaron el vino de la zona.
Volvieron a Soria en tren con las bicis. «El año que viene, ¡hasta Portugal!», dijo Laura.