Un día de febrero, Silvia encontró una carta en su buzón. Era de la comunidad de vecinos de su edificio, en A Coruña. Silvia vive de alquiler en un tercer piso desde hace dos años. La carta decía:
«Estimados vecinos: Les informamos de que a partir del 1 de marzo empezarán las obras para instalar un ascensor en el edificio. Las obras durarán aproximadamente tres meses. Los trabajadores estarán de lunes a viernes, de ocho de la mañana a seis de la tarde. Durante este tiempo, la escalera estará parcialmente cerrada y habrá ruido. Les pedimos disculpas por las molestias».
Silvia llamó a su casero, el señor Pazos. Él le explicó que el edificio era muy antiguo y que muchos vecinos eran mayores. «Doña Carmen, la del quinto, casi no puede bajar las escaleras», le dijo. Como compensación por el ruido, le propuso bajar el alquiler cincuenta euros durante los tres meses. Silvia aceptó.
Las obras fueron muy ruidosas. Silvia trabajaba desde casa y a veces tenía que ir a una cafetería con su portátil. Pero en junio el ascensor estaba terminado. El primer día, doña Carmen bajó a la calle sola, muy feliz. Silvia pensó que había valido la pena.