Un domingo por la mañana, Jorge puso la lavadora y se fue a comprar el pan. Vive solo en un piso antiguo en Valladolid. Cuando volvió, veinte minutos después, encontró la cocina inundada. Había agua por todo el suelo y llegaba hasta el pasillo.
Jorge apagó la lavadora y cerró la llave del agua. Después sacó todas las toallas que tenía y empezó a secar el suelo. Estaba muy nervioso porque pensaba en el vecino de abajo.
Efectivamente, diez minutos después sonó el timbre. Era el señor Gallego, el vecino del tercero. «Perdona, Jorge, pero me cae agua del techo de la cocina», le dijo. Jorge le pidió perdón muchas veces y bajaron juntos a ver el techo. Había una mancha grande, pero no era muy grave.
El lunes, Jorge llamó a un técnico. El técnico descubrió que una goma de la puerta estaba rota. También le explicó que la lavadora tenía doce años. «Puedo arreglarla, pero pronto va a tener más problemas», le dijo. Jorge decidió comprar una nueva.
Además, llamó a su seguro de hogar. El seguro pagó la reparación del techo del vecino. Para pedir perdón, Jorge le llevó al señor Gallego una botella de vino. Ahora son buenos amigos.