Bea y Teresa comparten un piso de tres habitaciones en Granada. En septiembre, su compañera Inma se fue a trabajar a Londres, así que necesitaban a alguien nuevo. Pusieron un anuncio en internet: «Habitación luminosa, 280 euros al mes, gastos incluidos. Buscamos persona ordenada y tranquila».
Recibieron más de veinte mensajes. Durante una semana enseñaron la habitación a seis personas. Un chico llegó una hora tarde. Una chica preguntó si podía tener tres gatos. Otro chico dijo que tocaba la batería por las noches.
El último fue Samuel, un estudiante de Medicina de Almería. Era simpático, educado y hacía muchas preguntas sobre la limpieza. «Me gusta tener un horario para limpiar», dijo. Bea y Teresa se miraron: era perfecto.
Samuel se mudó el primero de octubre. El primer fin de semana, los tres hicieron una reunión en la cocina. Decidieron las normas de la casa: cada semana una persona limpia el baño y la cocina; los domingos compran juntos lo básico; y si alguien invita a gente, avisa antes.
Ahora llevan tres meses viviendo juntos y todo va muy bien. Samuel cocina unas tortillas buenísimas y los jueves cenan los tres juntos. El único problema: ¡estudia tanto que a veces se duerme en el sofá!