Manolo es conductor de autobús en Alicante desde hace quince años. Pasa ocho horas al día sentado. Antes, en los descansos, se tomaba un café con un bollo, y a mediodía comía un bocadillo grande en el bar de la estación. Por la noche, cansado, veía la tele en el sofá.
El otoño pasado fue al médico para una revisión. El médico le dijo que pesaba demasiado y que tenía la tensión alta. «Si no cambias de vida, vas a tener problemas de corazón», le advirtió. Manolo se asustó mucho.
Esa misma semana empezó a hacer cambios pequeños. Ahora se prepara la comida en casa: ensalada, pollo a la plancha, arroz o legumbres. En los descansos come una pieza de fruta en vez de un bollo. Bebe mucha agua y ya no toma refrescos.
También empezó a hacer ejercicio. Al principio solo caminaba media hora por el paseo marítimo después del trabajo. Luego se apuntó a un grupo de vecinos que sale a andar en bici los domingos. Los fines de semana ya no se queda en el sofá.
Seis meses después volvió al médico. Había perdido doce kilos y la tensión era normal. «¡Enhorabuena!», le dijo el médico. Y Manolo, orgulloso, se compró ropa nueva.