Rosa y Fernando no querían una boda enorme con trescientos invitados. Llevaban veinte años juntos y tenían dos hijos adolescentes. Por fin, decidieron casarse, pero a su manera: en el jardín de la casa de los abuelos, en un pueblo cerca de Cáceres, con solo cuarenta personas.
Toda la familia ayudó a prepararla. El tío Ramón cortó el césped y arregló la valla. Las primas colgaron luces entre los árboles y pusieron flores del campo en botellas de cristal. Los hijos de Rosa y Fernando se encargaron de la música. La abuela Felisa hizo la tarta, con la receta de su propia boda.
La ceremonia fue a las seis de la tarde, debajo de un olivo muy viejo. Una amiga de Rosa, que es concejala del ayuntamiento, los casó. Rosa llevaba un vestido sencillo de color crema y Fernando, una camisa blanca sin corbata. Cuando se dieron el «sí, quiero», la abuela lloró de emoción.
Después hubo una cena en mesas largas: jamón, quesos de la zona, ensaladas y cordero asado. Por la noche, todos bailaron en el césped hasta las dos de la mañana.
«Ha sido la boda más bonita del mundo», dijo Fernando. «Y la más barata», añadió Rosa, riéndose.