Era un martes de enero en Burgos y hacía mucho frío: dos grados bajo cero. A las siete de la tarde, la familia Ortega estaba en casa. La madre, Pilar, preparaba la cena; el padre, Luis, veía las noticias; y los niños, Leo y Alba, hacían los deberes.
De repente, todo se apagó: las luces, la tele, la cocina eléctrica y la calefacción. La casa se quedó completamente a oscuras. Alba gritó. Luis miró por la ventana: todo el barrio estaba sin luz.
Luis buscó una linterna en un cajón, pero las pilas estaban gastadas. Al final encontraron unas velas que guardaban de un cumpleaños y las encendieron en la mesa del salón. Pilar llamó a la compañía eléctrica. Le dijeron que había una avería y que tardarían unas dos horas en arreglarla.
La cena no estaba terminada, así que cenaron pan, queso, jamón y fruta. Como hacía frío, se pusieron jerséis y se taparon con mantas en el sofá. Sin móviles ni tele, Luis sacó un juego de cartas y jugaron todos juntos. Después, Pilar contó historias de cuando era pequeña.
A las nueve y media, la luz volvió. Pero, curiosamente, nadie quería encender la tele. «¿Jugamos otra partida?», preguntó Leo.