Daniel tenía nueve años y siempre había vivido en un piso en el centro de Barcelona. Solo conocía las vacas y las gallinas por los libros. Por eso, el verano pasado, sus padres reservaron una semana en una casa rural con granja, en un pueblo de los Pirineos.
El primer día, Daniel no estaba muy contento. No había wifi y el pueblo era muy tranquilo. «¿Y qué voy a hacer aquí?», se quejaba. Pero a la mañana siguiente, el dueño de la granja, el señor Jordi, llamó a la puerta a las siete. «¿Quieres ayudarme con los animales?».
Daniel se puso las botas y salió. Primero dieron de comer a las gallinas y recogieron los huevos. Después fueron al establo, donde había tres vacas. El señor Jordi le enseñó a ordeñar una vaca. Al principio Daniel tenía miedo, pero la vaca era muy tranquila. También dio de comer a dos cabritos con un biberón.
Todas las mañanas se levantaba temprano sin quejarse. Por las tardes iba con sus padres al río o daban paseos por el bosque.
El último día, Daniel lloró un poco. «¿Podemos volver el año que viene?», preguntó. Sus padres se miraron y sonrieron. Nunca lo habían visto tan feliz.