En la oficina de Íñigo, en una empresa de ingeniería de Bilbao, el lunes empezó a trabajar una compañera nueva: Agnieszka, una ingeniera de Polonia. Había estudiado español en la universidad de Cracovia, pero era su primera vez viviendo en España.
El jefe le pidió a Íñigo que la ayudara durante las primeras semanas. Íñigo le enseñó la oficina, le presentó a los compañeros y le explicó cómo funcionaban los programas. Agnieszka entendía casi todo, pero a veces la gente hablaba demasiado rápido.
Lo que más le sorprendió fueron los horarios. En Polonia, ella comía a la una y salía del trabajo a las cuatro. En Bilbao, la gente comía a las dos y media y muchos se quedaban hasta las siete. «¿Y cuándo cenáis?», preguntó. «A las diez, más o menos», dijo Íñigo. Agnieszka abrió mucho los ojos.
También le sorprendió que la gente se diera dos besos al saludarse. El primer día, cuando una compañera se acercó, ella le dio la mano.
El viernes, los compañeros la invitaron a tomar pintxos en el casco viejo. Agnieszka probó la tortilla, las gildas y un vino blanco de la zona. «Creo que me voy a acostumbrar muy rápido», dijo sonriendo.