Cuando Lucía se mudó a Sevilla por trabajo, se sorprendió: había carriles bici por toda la ciudad. Muchísima gente iba en bicicleta al trabajo, a la universidad o al mercado. En su ciudad anterior, Lucía siempre iba en coche, pero en Sevilla aparcar era difícil y caro.
Al principio usaba las bicis públicas. Pagaba una tarifa al año y podía coger una bici en cualquier estación. Pero muchas veces, por la mañana, las estaciones de su barrio estaban vacías. Por eso decidió comprar su propia bicicleta.
Un sábado fue a una tienda de bicis en Triana. El dependiente le hizo varias preguntas: cuántos kilómetros hacía al día, si había cuestas y dónde iba a guardarla. Lucía le explicó que hacía unos seis kilómetros, todo llano. El dependiente le recomendó una bici de ciudad, con cesta, luces y guardabarros. Costaba trescientos cincuenta euros. Lucía también compró un casco y un candado muy fuerte. «En esta ciudad roban muchas bicis», le dijo el dependiente.
Ahora Lucía va al trabajo en bici todos los días. Tarda veinte minutos, hace ejercicio y no gasta nada en gasolina. Solo hay un problema: en julio y agosto, con cuarenta grados, ¡llega a la oficina sudando!