Hugo y Nerea se conocieron hace cinco años en Santander y el verano pasado decidieron casarse. No querían una boda en una iglesia, sino una boda civil, sencilla, con la familia y los amigos más cercanos.
En enero fueron al Registro Civil para empezar los trámites. La funcionaria les dio una lista de documentos: el DNI, el certificado de nacimiento y un certificado de empadronamiento de cada uno. También tenían que rellenar una solicitud. Hugo pensaba que era todo muy fácil, pero tardaron casi un mes en reunir todos los papeles.
Después tuvieron una pequeña entrevista con un funcionario. Les preguntó cómo se conocieron, dónde vivían y desde cuándo eran pareja. «Es normal», les explicó. «Lo hacemos con todas las parejas». Además, necesitaban dos testigos. Eligieron a la hermana de Nerea y al mejor amigo de Hugo.
En marzo llegó por fin una carta del Registro Civil. Nerea la abrió con nervios en la cocina. Decía que el expediente estaba aprobado y que podían elegir fecha. Nerea gritó tan fuerte que el perro se escondió debajo de la mesa.
Eligieron el diecisiete de junio. Esa misma noche llamaron a sus padres y empezaron a escribir la lista de invitados.