Sofía tenía diez años y su habitación todavía era de color rosa claro, con dibujos de ositos. «Mamá, ¡ya no soy un bebé!», decía. Así que sus padres, Elena y Miguel, decidieron pintar la habitación durante las vacaciones de Semana Santa.
El sábado fueron los tres a una tienda de bricolaje muy grande en las afueras de Murcia. Sofía quería pintar las paredes de color morado. Su madre prefería un color más suave. Un dependiente les enseñó un catálogo con cientos de colores. Al final eligieron un verde menta para tres paredes y un azul oscuro para la pared de la cama.
El dependiente les explicó lo que necesitaban: dos botes grandes de pintura, un rodillo, dos brochas, cinta de pintor, plástico para proteger el suelo y una bandeja. En total, gastaron noventa euros.
El domingo empezaron a trabajar. Primero sacaron los muebles y quitaron los pósteres. Después taparon los enchufes y las ventanas con cinta y cubrieron el suelo con plástico. Miguel pintaba con el rodillo y Sofía, con la brocha, pintaba las esquinas. ¡Terminó con pintura en el pelo!
Tardaron dos días. Cuando todo estuvo seco, Sofía decoró su nueva habitación con luces y fotos. «¡Ahora sí es mi habitación!», dijo, muy orgullosa.