Este año, Mateo cumplía cinco años y solo quería una cosa: una tarta de dinosaurio. Desde hacía meses, Mateo estaba loco por los dinosaurios. Sabía todos sus nombres, tenía libros, pijamas y camisetas de dinosaurios. Su favorito era el tiranosaurio rex.
Su madre, Beatriz, no sabía hacer tartas complicadas. Por eso, dos semanas antes del cumpleaños, fue a una pastelería de su barrio, en Zaragoza, que tenía fama de hacer tartas personalizadas.
—Buenos días. Quería encargar una tarta de cumpleaños para mi hijo. Le encantan los dinosaurios.
—¡Qué bien! ¿Para cuántas personas?
—Para veinte: van a venir sus amigos del colegio y la familia.
—¿Y de qué sabor?
—De chocolate, por favor. Y sin frutos secos, porque un niño es alérgico.
La pastelera le enseñó fotos de otras tartas. Juntas eligieron un diseño: una tarta verde, como una selva, con un tiranosaurio rex de azúcar encima y un volcán de chocolate. Costaba cincuenta y cinco euros. Beatriz pagó la mitad como señal.
El sábado de la fiesta, cuando Mateo vio la tarta, se quedó con la boca abierta. Luego gritó: «¡Un T-rex! ¡Es la mejor tarta del mundo!». Nadie quería cortarla, pero al final se la comieron toda.