Todas las mañanas, a las ocho menos cuarto, Lola espera el autobús número 12 en la parada de su calle, en Oviedo. Y todas las mañanas, allí está también don Arturo, un vecino jubilado de su edificio, que va al centro a tomar café con sus amigos.
Al principio solo se decían «buenos días». Pero poco a poco empezaron a hablar. Un martes de noviembre, hacía mucho frío y el autobús llegaba tarde.
—¡Qué frío hace hoy! —dijo don Arturo.
—Sí, ¡y ayer hacía casi veinte grados! Este tiempo está loco.
—Pues en la radio dicen que el fin de semana va a llover.
—¡Qué pena! Quería ir a la playa con mis hijos el sábado.
—¿Cuántos años tienen sus hijos?
—Seis y ocho. Son muy movidos.
—Como mis nietos. Los veo los domingos. Me dejan agotado, pero me encantan.
Don Arturo le contó que antes era cartero y que conocía a todo el barrio. Lola le contó que trabajaba en una guardería. Hablaron del precio de la fruta, de las obras de la calle y del equipo de fútbol de la ciudad.
Por fin llegó el autobús, con diez minutos de retraso. «Bueno, al menos hemos tenido buena compañía», dijo don Arturo sonriendo.