Ramón tiene cincuenta y dos años y trabaja en una oficina en Málaga. En su última revisión médica, el doctor le dijo algo que no le gustó nada: «Tiene la tensión alta, el colesterol también, y le sobran diez kilos. Necesita hacer ejercicio, al menos tres veces por semana».
Ramón nunca había hecho deporte. Le gustaba más ver el fútbol en la tele con una cerveza. Pero esta vez se asustó. Su padre tuvo problemas de corazón a su edad.
El lunes siguiente se apuntó a un gimnasio cerca de su casa. La cuota era de treinta y cinco euros al mes. El primer día, un entrenador personal, Nacho, le preguntó por su salud y le preparó un plan especial: veinte minutos en la bicicleta estática, ejercicios suaves con pesas y estiramientos.
La primera semana fue terrible. Le dolían piernas y brazos que no sabía que tenía. Pero no abandonó. Iba los lunes, miércoles y viernes después del trabajo. También empezó a comer más verdura y menos fritos.
Tres meses después, volvió al médico. Había perdido seis kilos y la tensión estaba mucho mejor. «Siga así», le dijo el doctor. Ahora Ramón también va a clases de spinning los sábados. ¡Y le encantan!