Durante diez años, Pedro y Silvia tuvieron el mismo sofá en el salón de su piso de Alicante. Era un sofá de segunda mano, de color marrón, que les regaló la tía de Silvia cuando se casaron. Con los años se quedó viejo: los cojines estaban hundidos, había una mancha de café y el gato había destrozado un lado.
En enero, por fin, decidieron comprar uno nuevo. El sábado fueron a una tienda de muebles grande, a las afueras de la ciudad. Había cientos de sofás: de piel, de tela, grandes, pequeños, de todos los colores.
Silvia quería un sofá gris claro, moderno y elegante. Pedro prefería uno grande y cómodo, con chaise longue, para ver el fútbol tumbado. Se sentaron en más de veinte sofás. Discutieron un poco, pero al final encontraron uno perfecto para los dos: de tela azul oscuro, con tres plazas y un chaise longue. Además, la tela era fácil de limpiar y resistente a las uñas de los gatos.
Costaba ochocientos cincuenta euros, con el transporte incluido. Lo pagaron en tres plazos. Dos semanas después, dos chicos lo trajeron a casa y se llevaron el viejo. Esa noche, Pedro, Silvia y el gato estrenaron el sofá viendo una película.