El domingo por la tarde llovía en Santander. Lucía y su amigo Carlos no querían quedarse en casa, así que decidieron ir al cine. Llegaron a los cines del centro a las cinco y miraron la cartelera.
Había seis películas. Lucía quería ver una comedia romántica francesa. «Dicen que es muy divertida», dijo. Pero Carlos puso cara de aburrido. «No, por favor. Las comedias románticas son todas iguales».
Carlos prefería una película de acción americana, con persecuciones de coches y explosiones. «Esa no», dijo Lucía. «Vi el tráiler y es solo ruido».
Había también una película de dibujos animados, pero estaba llena de niños. Y un documental sobre pingüinos, que empezaba demasiado tarde.
Al final, vieron el cartel de una película española de suspense. Trataba de un robo en un museo de Madrid. Tenía muy buenas críticas y los actores eran famosos. Empezaba a las cinco y media. «¡Perfecto!», dijeron los dos.
Compraron las entradas, unas palomitas grandes y dos refrescos. La película fue muy emocionante y tenía un final sorprendente. Al salir, discutieron durante media hora sobre quién era el verdadero ladrón. Ya no llovía.