Desde hacía unos meses, a Pilar le dolía la cabeza casi todas las tardes. Le pasaba sobre todo cuando leía en el sofá o trabajaba muchas horas delante del ordenador. Al principio pensaba que era por el estrés. Pero un día, en el supermercado, se dio cuenta de que no podía leer bien los precios pequeños. Tenía que alejar los productos para ver las letras.
Su hija le dijo: «Mamá, eso es la vista. Tienes que ir al óptico». Pilar tenía cuarenta y seis años y nunca había llevado gafas.
La semana siguiente fue a una óptica de su barrio, en Gijón. La óptica, una chica joven y simpática, le hizo un examen de la vista. Pilar tuvo que leer letras en una pantalla, primero con un ojo y después con el otro. «Tiene presbicia», le explicó. «Es muy normal a partir de los cuarenta. Necesita gafas para leer».
Pilar eligió unas gafas de montura roja, ligeras y modernas. Costaron ciento veinte euros, con los cristales incluidos. Estuvieron listas en cinco días.
Desde entonces, Pilar lee sin problemas y ya no le duele la cabeza. «¿Por qué no fui antes?», se pregunta. Y a sus amigas les encantan sus gafas nuevas.