En agosto, Andrea voló de Bilbao a Lisboa con escala en Madrid para pasar una semana con unas amigas. El primer vuelo llegó con retraso y Andrea tuvo que correr para coger el segundo avión. Llegó a tiempo, por suerte.
Pero en Lisboa, después de esperar casi una hora en la cinta de equipajes, su maleta no apareció. Las otras personas cogieron sus maletas y se fueron. Andrea se quedó sola, mirando la cinta vacía.
Fue a la oficina de equipajes perdidos del aeropuerto. Una empleada portuguesa, que hablaba español muy bien, le pidió la tarjeta de embarque y el resguardo de la maleta.
—Probablemente su maleta se quedó en Madrid, porque el tiempo entre los vuelos era muy corto. ¿Cómo es?
—Es grande, de color verde, con ruedas. Tiene una cinta amarilla en el asa.
La empleada rellenó un formulario y le dio un número de referencia. «Normalmente llegan en uno o dos días. La llevamos a su hotel», dijo. También le dio un pequeño neceser con cepillo de dientes, pasta y una camiseta.
Esa tarde, Andrea compró ropa interior y un bañador. Al día siguiente por la noche, la maleta llegó al hotel. Estaba un poco sucia, pero todo estaba dentro. La compañía aérea le pagó las compras.