Era viernes por la noche y el restaurante La Bodeguilla, en el centro de Cáceres, estaba lleno. Rosa y su amiga Mercedes tenían una mesa reservada a las nueve y media. Solo había dos camareros para todo el restaurante y estaban muy ocupados.
Esperaron quince minutos hasta que llegó el camarero. Pidieron la cena: Rosa, una ensalada de queso de cabra y unas migas extremeñas; Mercedes, una crema de calabaza y un solomillo de cerdo ibérico. Para beber, una botella de agua y dos copas de vino tinto.
Treinta minutos después, el camarero llegó con los platos. Pero no eran los suyos: había una tortilla de patatas, unos calamares y dos cervezas. Rosa y Mercedes se miraron.
—Perdone, creo que es un pedido equivocado. Nosotras no pedimos esto.
El camarero miró su libreta y se puso rojo.
—¡Uy, lo siento muchísimo! Es el pedido de la mesa de al lado. Hay mucho trabajo esta noche.
La mesa de al lado, unos chicos jóvenes, se rieron. Diez minutos después, llegaron los platos correctos. Todo estaba delicioso. Al final, el dueño se acercó a la mesa para pedir disculpas y las invitó a los postres y a dos cafés.