El mes pasado, Gonzalo, un representante de ventas de Madrid, tuvo que viajar a Sevilla por trabajo. Su empresa le reservó tres noches en un hotel de cuatro estrellas en el centro.
Llegó a las diez de la noche, muy cansado. Pero cuando entró en la habitación, no le gustó nada. Olía a tabaco, aunque era una habitación para no fumadores. El aire acondicionado no funcionaba y hacía mucho calor. Además, la ventana daba a una calle con bares, y había mucho ruido.
Gonzalo bajó a la recepción. Estaba enfadado y quería poner una queja, pero habló con educación.
—Buenas noches. Lo siento, pero tengo un problema con mi habitación, la 214. Huele a tabaco, el aire acondicionado no funciona y hay mucho ruido. Mañana tengo una reunión importante y necesito dormir.
—Lo siento muchísimo, señor. Déjeme ver qué puedo hacer.
El recepcionista miró el ordenador durante unos minutos.
—Tengo una habitación libre en el sexto piso, que da al patio interior. Es más tranquila y más grande. Y como disculpa, el desayuno es gratis durante toda su estancia.
Gonzalo cambió de habitación. La nueva era perfecta: limpia, fresca y silenciosa. Durmió como un bebé. Antes de irse, dejó un buen comentario en internet sobre el servicio del hotel.