En febrero, Marcos y su novia Inés volaron a Tenerife para pasar una semana de vacaciones. Querían ver toda la isla, así que habían reservado un coche de alquiler por internet.
Cuando llegaron al aeropuerto, fueron al mostrador de la empresa de alquiler. Había una cola larga y esperaron casi cuarenta minutos. Por fin les atendió una chica muy simpática.
—Buenas tardes. Tenemos una reserva a nombre de Marcos Vidal.
—Sí, aquí está. Un coche pequeño, siete días. ¿Me deja su carné de conducir y una tarjeta de crédito?
La chica les explicó las condiciones. El coche tenía que volver con el depósito lleno. También les ofreció un seguro a todo riesgo por noventa euros más. Marcos dudó, pero Inés dijo: «Las carreteras de montaña aquí son muy estrechas. Mejor estar tranquilos». Aceptaron el seguro.
Antes de salir, revisaron el coche con un empleado y marcaron en un papel dos pequeños arañazos en la puerta.
Durante la semana subieron al Teide, visitaron pueblos del norte y se bañaron en playas de arena negra. El último día, devolvieron el coche limpio y con gasolina. No tuvieron ningún problema. «El seguro no lo usamos», dijo Marcos, «pero dormimos muy tranquilos».