Desde hacía una semana, cada vez que Luis frenaba con su coche, oía un ruido muy desagradable: un chirrido fuerte, como un grito metálico. Al principio no le dio importancia. Pero el ruido era cada vez peor, y su mujer le dijo: «Luis, con los frenos no se juega. Llévalo al taller ya».
El lunes por la mañana, antes del trabajo, Luis llevó el coche al taller de su barrio, en Castellón. El mecánico, Vicente, era un hombre mayor con mucha experiencia.
—Buenos días. Los frenos hacen un ruido muy raro cuando freno.
—A ver... ¿desde cuándo?
—Desde hace una semana, más o menos.
Vicente subió el coche con una máquina y miró las ruedas. Después de diez minutos, le explicó el problema: las pastillas de freno estaban casi gastadas. El ruido era una señal de que tenía que cambiarlas urgentemente. También los discos estaban un poco dañados.
—Le cambio las pastillas y los discos delanteros. Son doscientos veinte euros, con la mano de obra.
—¿Cuándo estará listo?
—Esta tarde, a las seis.
Luis fue a trabajar en autobús. A las seis recogió el coche. Ya no hacía ningún ruido, y frenaba mucho mejor. «Gracias por no esperar más», le dijo Vicente.