Un miércoles de abril, Clara salió de la biblioteca de la Universidad de Valladolid a las ocho de la tarde. Fue al aparcamiento de bicis y se quedó sin palabras: su bicicleta no estaba. Solo quedaba el candado, cortado, en el suelo.
Era una bici de montaña azul que le regalaron sus padres cuando aprobó la selectividad. Clara la usaba todos los días. Estaba muy triste y también enfadada.
Un compañero le dijo que tenía que denunciar el robo. Al día siguiente, Clara fue a la comisaría de la Policía Nacional de su barrio. Esperó media hora. Después, un agente joven la atendió en una oficina pequeña.
—¿Qué le ha pasado?
—Me robaron la bici ayer por la tarde, delante de la biblioteca.
—¿Puede describirla?
—Es azul, de montaña, con un sillín negro y una pegatina de un gato en el cuadro.
—¿Tiene el número de serie?
—Sí, lo tengo en una foto de la factura.
El agente escribió todo en el ordenador y le dio una copia de la denuncia. «No le prometo nada», dijo, «pero a veces las encontramos».
Dos semanas después, la policía la llamó. ¡Encontraron su bici en un mercadillo! Tenía todavía la pegatina del gato.