Era sábado por la noche y Laura estaba cenando con unos amigos en una pizzería de Zaragoza. De repente, al morder un trozo de pizza, sintió un dolor terrible en una muela. Casi gritó. Durante el resto de la noche no pudo comer nada más.
Esa noche casi no durmió. El dolor era cada vez más fuerte y la cara empezó a hincharse un poco. Tomó un ibuprofeno, pero solo ayudó un par de horas.
El domingo por la mañana, su dentista estaba cerrado. Laura buscó en internet y encontró una clínica dental de urgencias abierta los fines de semana. Llamó y le dieron cita a las once.
La dentista, la doctora Sanz, le hizo una radiografía. «Tiene una caries muy profunda y la muela está infectada», le explicó. Le recetó un antibiótico y algo más fuerte para el dolor. También le puso un empaste provisional.
—Dentro de una semana tiene que volver. Probablemente necesita una endodoncia.
—¿Duele mucho? —preguntó Laura, preocupada.
—Con anestesia, no se siente nada.
La consulta de urgencia costó noventa euros. El lunes por la tarde, Laura ya se sentía mucho mejor. Pero decidió una cosa: desde ahora, va a ir al dentista para una revisión dos veces al año.