El miércoles por la mañana, Hugo se levantó con la garganta muy irritada. Le costaba tragar y tenía mocos. No tenía fiebre, así que no quiso ir al médico. Antes de ir a trabajar, entró en la farmacia de su calle, en Murcia.
La farmacéutica, una mujer de unos cincuenta años con bata blanca, le saludó con una sonrisa.
—Buenos días. ¿Qué le pasa?
—Me duele mucho la garganta y tengo la nariz tapada. Empezó ayer por la noche.
—¿Tiene fiebre? ¿Tos?
—No, fiebre no. Un poco de tos seca.
—¿Toma algún medicamento? ¿Es alérgico a algo?
—No, a nada.
La farmacéutica le recomendó unas pastillas para chupar, con miel y limón, para la garganta. También le dio un espray nasal para la nariz.
—Las pastillas, una cada tres horas, como máximo seis al día. El espray, dos veces al día, no más de cinco días. Y beba mucha agua y bebidas calientes.
—¿Y si no mejoro?
—Si en tres días no está mejor, o si le sube la fiebre, vaya al médico.
Hugo pagó doce euros. El viernes ya se encontraba mucho mejor.