Doña Pilar tiene setenta y cuatro años. Desde hace treinta años, todos los jueves por la mañana va al mercado de Triana, en Sevilla. Antes iba con su marido, Manolo, pero él murió hace cuatro años. Ahora va sola, con su carrito de cuadros.
Cuando era joven, el mercado era muy diferente. Había más puestos de verdura y menos turistas. La gente compraba todo allí: carne, pescado, pan, ropa... Ahora muchos puestos son bares de tapas, y los jóvenes prefieren el supermercado. «Es una pena», dice doña Pilar.
Pero ella siempre sigue la misma ruta. Primero va al puesto de Rafael, el frutero. Le compra naranjas, tomates y lo que esté de temporada. Rafael la conoce desde que él era un niño y ayudaba a su padre en el puesto. Después compra pescado fresco en el puesto de Lola: boquerones o sardinas. Lola siempre le guarda las mejores piezas.
Al final, doña Pilar toma un café con churros en el bar del mercado. Allí se sienta con otras vecinas de su edad. Hablan de sus nietos, de sus médicos y de la vida en el barrio.
«El mercado no es solo para comprar», explica. «Es mi vida social. Aquí todos me conocen».