A principios de noviembre, Marta se compró unos auriculares inalámbricos en una tienda de electrónica de Valencia. Costaron ochenta euros. Los quería para escuchar música en el gimnasio y en el autobús.
Durante las primeras dos semanas funcionaron perfectamente. Pero un día, el auricular izquierdo dejó de funcionar. Marta intentó todo: los cargó, los desconectó y los conectó otra vez al móvil. Nada. Solo se oía el derecho.
El sábado volvió a la tienda con los auriculares, la caja y el tique de compra. Fue al mostrador de atención al cliente. Había un chico joven.
—Buenos días. Compré estos auriculares hace tres semanas y el izquierdo no funciona.
—¿Tiene el tique?
—Sí, aquí está.
El chico probó los auriculares. Era verdad: el izquierdo estaba roto.
—Lo siento mucho. Puede elegir: le cambiamos los auriculares por otros iguales, o le devolvemos el dinero.
Marta pensó un momento. No quería otros iguales, porque tenía miedo de tener el mismo problema. Así que pidió el dinero. El chico le devolvió los ochenta euros en la tarjeta.
Con ese dinero, Marta se compró unos auriculares de otra marca. De momento, funcionan muy bien.