El verano pasado, Akira, un estudiante japonés, pasó un fin de semana en Bilbao. El domingo por la mañana quería visitar el museo Guggenheim. Su móvil no tenía batería, así que decidió preguntar a la gente.
Primero preguntó a un señor que leía el periódico en un banco. El señor le explicó el camino muy rápido y con muchas palabras que Akira no entendió. Solo entendió «río» y «a la izquierda».
Akira caminó hasta el río y giró a la izquierda. Después de diez minutos, no veía ningún museo. Entonces preguntó a una chica que paseaba a su perro. Ella sonrió y le dijo: «Vas en dirección contraria. Tienes que volver y seguir el río hacia el otro lado».
Akira volvió, pero se perdió otra vez en el casco viejo. Por último, entró en una panadería y preguntó a la dependienta. Ella le dibujó un mapa pequeño en una servilleta. «Sigue recto por esta calle, cruza el puente y allí lo verás. Es imposible no verlo: es un edificio enorme y brillante».
Veinte minutos después, Akira vio el museo, con su forma de barco y su gran perro de flores en la entrada. Todavía guarda la servilleta como recuerdo.