Durante tres años, Paula llevó el pelo igual: largo, liso y con raya en medio. Estaba aburrida de su imagen, pero tenía miedo de cambiar. ¿Y si no le gustaba el resultado?
Un día de octubre, se miró en el espejo y tomó una decisión. Buscó en internet fotos de cortes modernos y guardó tres en el móvil. Después pidió cita en una peluquería nueva del centro de Pamplona. Su amiga Irene le habló muy bien de ella.
El peluquero se llamaba Unai. Miró las fotos y le hizo muchas preguntas: cuánto tiempo tenía por las mañanas, si usaba secador, qué tipo de ropa llevaba. Después le recomendó un corte a la altura de los hombros, con capas, y un poco de color en las puntas.
Paula estaba nerviosa. Cuando vio caer el primer mechón largo, cerró los ojos. Unai trabajó durante una hora y media. Le cortó, le lavó y le secó el pelo. Por fin le dijo: «Ya puedes mirar».
Paula abrió los ojos y no se reconoció. ¡Parecía otra persona! Estaba más joven y más moderna. Le encantó. Pagó cincuenta y cinco euros y salió a la calle sonriendo. Esa noche, su novio tardó diez segundos en reconocerla.