En primavera, Esther encontró trabajo como veterinaria en una clínica de un pueblo de Teruel. Vivía en la capital y no había autobuses a la hora que necesitaba. Por eso tuvo que comprar un coche. Como no tenía mucho dinero, decidió buscar uno de segunda mano.
Primero miró anuncios en internet, pero tenía miedo de comprar a un particular. Su padre le aconsejó ir a un concesionario, porque allí los coches usados tienen garantía.
El sábado fue con su padre a un concesionario a las afueras de la ciudad. El vendedor les enseñó tres coches. El primero era muy bonito, pero tenía demasiados kilómetros. El segundo era pequeño y gastaba poco, pero era muy caro. El tercero era un coche familiar de ocho años, de color gris, con ochenta mil kilómetros. Costaba siete mil euros.
Esther hizo una prueba en carretera. El coche iba bien y era cómodo. Su padre miró el motor y las ruedas. Después, Esther negoció un poco el precio. Al final, el vendedor le dejó el coche en seis mil quinientos euros, con un año de garantía.
Una semana después, Esther fue a trabajar con su coche nuevo. El viaje duraba cuarenta minutos, por una carretera con paisajes preciosos.