Durante muchos años, Ignacio solo sabía preparar dos cosas: huevos fritos y pasta con tomate. Cuando se divorció, a los cuarenta y cinco años, se dio cuenta de que necesitaba aprender a cocinar. Comía casi siempre comida precocinada o pedía pizza por teléfono.
En septiembre vio un cartel en la Universidad Popular de su barrio, en Logroño. Ofrecían un curso de cocina tradicional los martes por la tarde, de siete a nueve. Costaba sesenta euros por trimestre. Ignacio se apuntó.
El primer día estaba un poco nervioso. En el grupo había doce personas: jubilados, estudiantes, una pareja joven y dos hombres de su edad. La profesora, Maite, era cocinera profesional y tenía mucha paciencia.
Cada semana aprendían una receta nueva: patatas a la riojana, pimientos rellenos, merluza en salsa verde, arroz con leche... Primero Maite explicaba los pasos, y después todos cocinaban en parejas. Al final, cenaban juntos lo que habían preparado.
Ignacio cometió muchos errores. Una vez quemó el arroz y otra vez se le olvidó la sal. Pero se divirtió mucho e hizo amigos. Ahora, los domingos, invita a sus hijos a comer. «Papá, ¡esto está buenísimo!», le dicen.