El martes pasado, Rubén tuvo un día horrible. Estaba en la parada del autobús, en Valencia, escribiendo un mensaje a su novia. De repente, alguien le empujó sin querer y el móvil se le cayó al suelo. Rubén lo recogió y vio la pantalla: estaba completamente rota, con líneas por todas partes.
El teléfono todavía funcionaba, pero era muy difícil leer algo. Además, Rubén tenía miedo de cortarse el dedo con el cristal. Necesitaba el móvil para todo: el trabajo, el banco, los mensajes, las fotos...
Primero llamó a la tienda donde lo compró. Le dijeron que la garantía no cubría las caídas. Una pantalla nueva original costaba ciento ochenta euros. ¡Era casi la mitad del precio del teléfono!
Un compañero de trabajo le recomendó una tienda pequeña de reparaciones en su barrio. El dueño, un chico paquistaní muy amable, miró el móvil y le dijo: «Noventa euros. Mañana a las doce está listo». Rubén aceptó.
Al día siguiente recogió el teléfono. Funcionaba perfectamente y la pantalla parecía nueva. Esa misma tarde, Rubén se compró una funda resistente y un protector de pantalla. «Nunca más», dijo.