El verano pasado, la familia Ibáñez pasó diez días en la Costa Brava, en un pueblo pequeño cerca de Girona. Alquilaron un apartamento a cinco minutos de la playa.
Los primeros tres días hizo un tiempo perfecto: sol, treinta grados y el mar tranquilo. Los niños se bañaban todo el día y construían castillos de arena. Los padres leían bajo la sombrilla. Por la noche cenaban en el paseo marítimo.
Pero el cuarto día, el cielo se puso gris y empezó a soplar la tramontana, un viento muy fuerte del norte. Las olas eran enormes y pusieron la bandera roja en la playa: estaba prohibido bañarse. El viento duró tres días. Los niños se aburrían en el apartamento.
Así que la familia cambió de planes. Visitaron Girona, con su casco antiguo y su catedral. Fueron al museo de Dalí en Figueres, que a los niños les pareció muy divertido. Un día hicieron una ruta a pie por el camino de ronda, un sendero junto al mar.
Al final volvió el sol, y pasaron los últimos días otra vez en la playa. «Al final, el viento fue una suerte», dijo la madre. «¡Vimos muchas cosas nuevas!»