El invierno pasado, a mediados de enero, Carmen se despertó un lunes con la garganta irritada y la nariz tapada. Le dolía la cabeza y estaba muy cansada. «Es solo un resfriado», pensó, y fue a trabajar a la oficina.
Pero durante el día se sintió peor. Estornudaba sin parar, tosía y tenía escalofríos. Sus compañeros la miraban preocupados. A las cuatro, su jefe le dijo: «Carmen, vete a casa. Así no puedes trabajar, y además nos vas a contagiar a todos».
Carmen volvió a casa en metro y se metió en la cama. Por la noche tenía treinta y ocho de fiebre. Su marido le preparó una sopa caliente y un vaso de leche con miel. También le compró pañuelos de papel y paracetamol en la farmacia.
Al día siguiente llamó al centro de salud. La médica le dijo que era un virus y que tenía que descansar, beber mucha agua y tomar el paracetamol cada ocho horas. Le dio la baja por tres días.
Carmen pasó esos días en el sofá, con una manta, viendo películas y durmiendo. El jueves ya se sentía mejor. El viernes volvió a la oficina, todavía con un poco de tos.