Hace un año, Felipe tenía muchos problemas de espalda. Trabaja como conductor de camión y pasaba diez horas al día sentado. Algunas mañanas no podía ni atarse los zapatos. Fue al médico y le hizo varias pruebas. «No es grave», le dijo, «pero necesita hacer deporte. Le recomiendo la natación».
Felipe no nadaba desde que era niño. Además, le daba un poco de vergüenza. Pero su mujer le animó y, en enero, se apuntó al club de natación de su barrio, en Albacete. La cuota era de treinta euros al mes.
Las primeras semanas fueron duras. Después de dos piscinas, estaba agotado. El monitor, un chico joven y paciente, le enseñó a respirar bien y a mover los brazos correctamente. En el club conoció a otras personas de su edad, y después del entrenamiento tomaban un café juntos.
Poco a poco, Felipe mejoró. En marzo ya nadaba un kilómetro sin parar. En verano participó en una pequeña competición para adultos y quedó quinto. Su espalda está mucho mejor y duerme bien por las noches. «Ahora no puedo vivir sin la piscina», dice. Y su mujer también se ha apuntado al club.