Joana es de Brasil y llegó a Madrid en septiembre para estudiar un máster. En otoño hacía buen tiempo y ella llevaba su ropa de siempre: camisetas, vestidos y una chaqueta fina. Pero a finales de noviembre llegó el frío de verdad. Una mañana, el termómetro marcaba dos grados bajo cero. Joana salió a la calle y empezó a temblar.
Esa tarde fue a unos grandes almacenes con su compañera de piso, Begoña. En la sección de abrigos había muchísimos modelos. Joana se probó un abrigo largo de lana, muy elegante, pero costaba trescientos euros. Era demasiado caro para una estudiante.
Después vio un plumífero azul oscuro, con capucha y muchos bolsillos. Era ligero, pero muy calentito. Estaba rebajado: de ciento cuarenta a noventa euros. Begoña le dijo que era perfecto para el invierno madrileño.
—¿Tiene la talla M? —preguntó Joana a la dependienta.
—Sí, aquí tiene.
Le quedaba muy bien. También compró unos guantes y un gorro de lana. Al día siguiente, salió a la calle con su ropa nueva. Hacía mucho frío, pero ella estaba feliz. «Ahora entiendo por qué los madrileños hablan tanto del tiempo», pensó.