El lunes pasado empecé mi Formación Profesional dual en mecánica de coches. Es un sistema especial: estudio dos días a la semana en el instituto y los otros tres trabajo en un taller. Así aprendo la teoría y la práctica al mismo tiempo, y además cobro un pequeño sueldo.
Me levanté a las seis porque estaba muy nervioso. El taller está en un polígono industrial a las afueras de Valladolid. Fui en autobús y llegué veinte minutos antes.
Mi tutor se llama Paco. Tiene cincuenta años y trabaja allí desde hace treinta. Primero me dio un mono azul y unas botas de seguridad. Después me enseñó el taller: las herramientas, las máquinas y las normas de seguridad. Había cuatro mecánicos más. Todos me saludaron con simpatía.
Por la mañana miré cómo Paco cambiaba el aceite de un coche. Luego me dejó cambiar una rueda a mí solo. ¡Tardé media hora! Paco se rio, pero me dijo que no estaba mal para el primer día.
A las tres volví a casa con las manos negras y muy cansado. Pero estaba feliz: por fin hacía algo que me gustaba de verdad.