El año pasado, Daniela recibió una oferta de trabajo en Bilbao. Vivía en Sevilla desde siempre y al principio no quería irse. Pero el trabajo era muy bueno: un puesto de arquitecta en un estudio importante. Al final, aceptó.
Los primeros días fueron difíciles. Llegó en octubre y llovía casi todos los días. Vivía en un hostal pequeño mientras buscaba piso. Vio ocho pisos en dos semanas. Algunos eran demasiado caros; otros, muy oscuros o lejos del centro.
Por fin encontró uno en el barrio de Deusto, al lado de la ría. Era pequeño pero luminoso, y tenía una terraza con plantas. El dueño, un señor mayor muy amable, le dejó una botella de vino de bienvenida.
Al principio no conocía a nadie. Echaba de menos a su familia, el sol y la comida de su madre. Pero poco a poco las cosas cambiaron. Sus compañeros de trabajo la invitaron a tomar pintxos los viernes. Se apuntó a un club de montaña y descubrió paisajes preciosos.
Hoy, un año después, Daniela está contenta. «Todavía echo de menos Sevilla», dice, «pero Bilbao ya es mi casa».