Hacía dos días que Bigotes, el gato de Lidia, no comía. Normalmente era un gato glotón, que maullaba en la cocina a las siete de la mañana hasta que alguien le ponía su comida. Pero desde el domingo pasaba el día escondido debajo de la cama y solo bebía un poco de agua. El martes, Lidia pidió permiso en el trabajo y lo llevó a la clínica veterinaria de su barrio, en Alicante.
La sala de espera estaba llena. Al lado de Lidia se sentó un señor mayor con un perro enorme que llevaba un cono de plástico en la cabeza. «Lo operaron la semana pasada y se pasa el día intentando lamerse los puntos», le explicó. En el otro extremo, una niña sujetaba una caja con un conejo que estornudaba sin parar. Bigotes, dentro de su transportín, maullaba con un tono triste que Lidia no le había oído nunca.
—¿Qué le pasa al suyo? —le preguntó una mujer joven que tenía una perrita en brazos.
—No come desde hace dos días. Estoy muy preocupada.
—Los gatos son muy delicados. Pero aquí son muy buenos, ya verá. A la mía le salvaron la vida el año pasado, cuando se comió un calcetín.
La conversación ayudó a Lidia a calmarse un poco. Todos tenían una historia y todos estaban preocupados por alguien que no podía explicar lo que le dolía.
Por fin, la veterinaria la llamó. Examinó a Bigotes con mucha suavidad: le tocó la barriga, le miró la boca y le tomó la temperatura. Tenía un poco de fiebre y la barriga hinchada. Le hicieron una ecografía y descubrieron el problema: Bigotes se había tragado un trozo de una goma del pelo, que tenía atascado en el estómago.
—Hemos tenido suerte de que lo haya traído pronto —le dijo la veterinaria—. Si hubiera esperado unos días más, habría sido mucho más grave.
Le hicieron una pequeña intervención esa misma tarde y Bigotes pasó la noche en la clínica. Al día siguiente, cuando Lidia fue a recogerlo, el gato maulló al verla y, al llegar a casa, se comió toda su comida. Desde entonces, Lidia guarda todas las gomas del pelo en un cajón cerrado.