Toby es el perro de la familia Gil. Es un labrador de color chocolate y tiene nueve años. Normalmente es muy alegre: corre por el parque, juega con la pelota y siempre tiene hambre.
Pero el jueves pasado, Toby estaba raro. No quería salir a pasear y se quedó todo el día tumbado en su cama. Por la noche no comió nada. Laura, la hija de doce años, estaba muy preocupada. «Mamá, Toby está triste», dijo.
El viernes por la mañana, Toby vomitó dos veces. Entonces, la madre llamó a la clínica veterinaria del barrio, en Salamanca, y le dieron cita a las once.
El veterinario, el doctor Morán, examinó a Toby con mucho cuidado. Le tocó la barriga, le miró los ojos y la boca, y le tomó la temperatura. Después le hizo un análisis de sangre. «Tiene una infección en el estómago», explicó. «Seguramente comió algo malo en la calle».
Le puso una inyección y les dio unas pastillas para siete días. También les recomendó darle arroz con pollo cocido durante unos días, sin pienso.
La consulta costó setenta euros. Dos días después, Toby ya movía la cola y pedía comida. Laura le abrazó muy fuerte.