Es agosto. La familia Prieto vive en Zamora y hoy va al lago de Sanabria, a una hora y media en coche.
Llegan a las once. El agua está fría, pero es muy limpia. Hay una playa pequeña de arena, con árboles alrededor. Mucha gente se baña, toma el sol o hace pícnic.
Los niños, Martín y Sara, se ponen el bañador y corren al agua. «¡Está helada!», grita Sara. Pero después de cinco minutos, no quieren salir. El padre alquila un kayak y rema por el lago con Martín. La madre lee un libro bajo una sombrilla.
A las dos comen en un restaurante del pueblo. Piden truchas del río y patatas. Por la tarde dan un paseo por el bosque y ven una cascada.
A las ocho vuelven a casa, cansados y quemados por el sol.