Este verano, en lugar de ir a la playa, Silvia y Marcos pasaron una semana en una granja de Galicia con sus hijos, Tomás, de ocho años, y Zoe, de cinco. Durmieron en una casa rural justo al lado del establo.
La primera mañana el granjero, Xosé, despertó a toda la familia a las seis y media. «¡Las vacas no esperan!» Los niños todavía tenían sueño, pero se pusieron las botas y lo siguieron. En el establo había veinte vacas. Xosé le enseñó a Tomás a ordeñar una vaca. Tomás lo intentó, pero la leche acabó en sus zapatos.
Durante la semana los niños hicieron muchas cosas. Dieron de comer a las gallinas y recogieron los huevos. Ayudaron a la mujer de Xosé a hacer queso de tetilla. También dieron un paseo en un burro que se llamaba Canela.
Por la noche la familia cenaba con los granjeros en una gran mesa de madera. Comían verduras de la huerta, queso de la granja y tarta de moras. No había televisión, y los niños no la pidieron ni una sola vez.
El último día Zoe lloró porque no quería dejar a las gallinas. Tomás, en cambio, dio una gran noticia: de mayor quiere ser granjero.